5.11.2009

No le hace que me hagas wey, nomás con que no me dejes.

Así coreaba la banda en nuestra última salida de sólo mujeres este fin de semana.

Resulta que, aunque se dijo que no se iban a abrir los bares, algunos sí abrieron, afortunadamente.

Esta vez nos invadió un aire norteño despechado y decidimos visitar la Barra de San Marcos.

El lugar, por fuera, se ve imponente (puras camionetotas), con ventanales, pilas de paja...

Al entrar nos revisaron las bolsas, lo que resultó algo chocante, pero después nos compensaron con un caballito de tequila "¡Cuál influenza!" pensé, todos los que entraban tomaban del mismo caballito. Temí y dudé por casi dos segundos pero, tequila gratis, cómo decir que no. Además, el alcohol mata bacterias ¿no? es como si me bebiera el gel antibacterial ¿qué puede ser más sano?

El lugar es bastante amplio y estaba abarrotado de gente (aunque me contaron, mi amiga, la que sabe del asunto y conoce estos sitios, que en sábado se llena más), tanto en las mesas como en las pistas de baile, donde chocaban unas parejas con otras. Me sorprendió darme cuenta de que, aunque una banda tocaba, había otra enfrente, mirándolos. Mi amiga (la que sabe) me informó que se trataba de una "guerra de bandas". "Qué chido" pensé, esperando que a la media noche tomaran sus machetes, rifles y granadas y se lanzaran unos contra otros. Porque además estas bandas eran tan numerosas como pequeños ejércitos.

Más tarde me daría cuenta de que la guerra de bandas no era lo que imaginaba, simplemente se turnaban para tocar dos o tres canciones seguidas cada uno.

Cuando la segunda banda empezó a tocar, lo hizo con canciones harto conocidas como "matador, chúntaro stile, yo tomo..." claro, al ritmo norteño. Entonces pensé "changos, o sea que es cierto: todos los bares de Morelia tocan lo mismo". Ya entrados en calor le entraron a la banda en serio y bailé incluso narcocorridos. Que , por cierto, he oído, cantado, transcrito y estudiado, pero no tenía idea de que fueran bailables...qué cosas.

Después de una o dos chelas (y el caballito) no sentía aún efectos etílicos, entonces un muchcacho alegre se acercó a nuestra mesa a invitarnos a bailar. Le dije apenada que me gustaría mucho, pero no sabía... No le importó mucho, de hecho creo que hasta gracia le hizo, me tomó de la mano y me llevó con un amigo suyo, indicándole que me enseñara.

El amigo, diligente, me llevó a la pista para darme vueltas y vueltas y vueltas, hasta que volví a la mesa como si me hubiera tomado no uno, sino diez caballitos de tequila.

Otro factor interesante en este lugar era el baño (qué crónica nocturna sería digna de llamarse así sin dedicar al menos un párrafo al baño). Amplio, con puertas de madera, que no cerraban, pero puertas al fin. A nadie importara que estuviera de adorno, ya que, a diferencia de otros lugares, aquí a las mujeres les daba lo mismo que les abrieras la puerta a media acción. Pude comprobarlo personalmente.

Así como en el Open, aquí había muchos vaqueritos, pero estoy segura de que ninguno usaba tanga (no porque lo haya verficado, sino porque lo intuyo). Además, ninguno era musculoso o atractivo, pero eso sí, todos bailaban y estos eran de a de veras.

Después de un rato me sacó a bailar un muchacho que no nada más se limitaba a girar sobre su propio eje y chocar con las demás parejas, sino que además sabía otros trucos, como darme la vuelta, cambiar de mano, darse la vuelta...es decir, su baile también se basaba en el giro sin fin, pero sobre distintos ejes y no tan rápido. En este caso fue más divertido y me di cuenta de que no era tan difícil bailar estos ritmos.

Hay que aclarar en este punto que yo siempre me había sentido más sudamericana que mexicana para este asunto del baile. Me es más fácil e intersante moverme al ritmo de una salsa que de esta música pintorezca, sin embargo, me dio la impresión de que esto es algo que traemos en la sangre los mexicanos (aunque muchos no lo admitan o no lo sepan), ya que me sentía menos perdida bailando banda que cuando pretendo bailar electrónica y eso que de tratar de bilar eso llevo ya largos meses y en este caso era el primer intento.

En determinado momento (creo que durante un bello narcocorrido, precisamente), mi pareja de baile me preguntó si sabía bailar "de brinquito".

QUÉEEEE?- Fue mi respuesta.

Sin preocuparse ni un momento, determinó que me enseñaría a bailar de brinquito. y así lo hizo...creo, aunque nunca entendí muy bien de qué se trataba el asunto, pero era divertido, eso sí.

Cuando ya íbamos por la segunda cubeta, mi otra amiga (la que no sabe) y yo (que sé todavía menos), decidimos emigrar hacia el Open y convencimos ala terera (la que sí sabe). Nos despedimos de los muchachos que nos concedieron un par depiezas y que ya nos habían invitado unas cervezas, como debe de ser en estos casos y partimos.

Desgraciadamente cuando llegamos ya habían cerrado...contingencia...chales. Sólo quedaba como opción el Marduk...o volver al Barra...así que nos fuimos a cenar ala Burbuja y a dormir.