De pequeña odisea, podría calificar el regreso que tuvimos, la otra vez de la playita hacia acá.
Allá, todo perfecto: amigos, olas, fogatas, comida, bebida...
Yo creo que estuvo tan bien que nuestro subconsciente no quería alejarse del mar. Y lo digo por lo que se verá a continuación.
Salimos a buena hora, antes de que oscureciera, pensando que podríamos estar temprano en Morelia. A tiempo para llegar, desempacar, dormir...
En la última gasolinera de Lázaro Cárdenas nos dijeron que no tenían gasolina verde, sólo roja, y como el tanque estaba a 3/4 decidimos esperar a la siguiente gasolinera, que al cabo había varias en carretera.
Al llegar al retén nos pararon los soldados. Se acercó uno con una lamparita a alumbrarnos los ojos y preguntarnos a dónde íbamos. Cuando preguntó qué traíamos atrás dijimos al unísono: "un niño, un niño" como si fueran las palabras mágicas...y lo fueron, porque no tuvimos que bajarnos ni esperar más y seguimos el camino.
Después de un rato, pasamos otro retén, aunque yo más bien podría asegurar que era el mismo, pero esta vez del otro lado. Este retén no nos paró. Los letreritos de "Bienvenidos a Michoacán" y "Bienvenidos a Guerrero" se sucedían. Luego de un rato, pasamos nuevamente por un retén, y nuevamente expuse mi teoría paranoica de que se trataba del mismo. Los soldados nada más nos veían pasar, esta vez sin detenciones ni preguntas, divertidos, tal vez.
Entonces nos dimos cuenta de que habíamos estado viajando en círculos, nos frustramos un poquito y seguimos, rumbo a Morelia (al parecer) ahora sí.
En una caseta donde hay muchas tienditas y restorancitos, hicimos la parada de rutina. Ya de regreso en el auto:
-Pásame la llave.
-¿Qué? pero si no me la diste.
-Te la di.
-Pues no la tengo.
-Pues yo tampoco.
¿Y ahora?
Y ahora, como locos, en la oscuridad (porque en las vueltas entre estado y otro, se había hecho de noche), buscando a tientas la mugre llave del auto, desesperados, abriendo la cajuela por los asientos, revisando incluso donde no habíamos estado, aturdidos, enojados, desesperados...
A todo esto, los vendedores de empandas rondaban como avispas, una y otra vez, desde que llegamos "¿no quiere empanadas?" ,"no", "¿me compra empanadas?" "No, gracias." "Empanadas caseras de calabaza, de fruta, de..." "¡No, c...!"
Minutos después, cuando empezábamos a visualizar mentalmente ( y sin decir nada) las opciones que podríamos tener, un niño que vendía empanadas, que había estado asomándose al auto y rondando, llega y nos dice "empanadas..." como si fuera la palabra mágica, "gracias..." creo que le dijimos, o algo así, pero el niño no se iba. En mi mente pasaron frases como "que no, chinga'o", "no queremos, vete" y pasaron imágenes como: yo, dándole una patada en el trasero. Todo en cuestión de segundos, pero seguí buscando, muda. Él seguía observandome con fijeza hasta que preguntó: "¿qué buscan". En mi mente cruzaron frases como: "nada", "qué te importa", "que no queremos, vete"; pero mi boca, siempre amable, refunfuñó: "una llave" y como si fuera una palabra mágica, el niño metió su regordeta mano al bolsillo y sacó la llave diciendo: "yo me jallé esta llave..."
Pasmo total, silencio. Tomamos la llave, agradecimos y compramos empanadas. Partimos.
Una vez en el camino, nuestra mente comenzó a calibrar, poco a poco, y llegaron las imágenes atrasadas de los autos que estaban alrededor de nosotros mientras buscábamos la llave. Mi amigo me hizo notar que al auto vecino le estaban echando gasolina de unos galones y me hizo reflexionar:
-¿Por qué crees que sea?
-No sé...se les habrá quedado sin gasolina.
-¿No será, tal vez, se me ocurre, porque no hay gasolineras de aquí a Morelia?
Entonces volteamos a ver el indicador de gasolina: quedaba menos de un cuarto. Al parecer las vueltas que habíamos dado habían agotado el combustible y olvidamos cargar el tanque.
La idea de que no hubiera más abastecimiento no sonaba descabellada en lo absoluto, pero no quise ser negativa: "seguro no van a Morelia". Dije, sin querer darme cuenta de lo absurdo de mi afirmación, después de todo, todos viajábamos sobre la misma carretera.
¿Y ahora?
El pánico comenzó a entrar de a poquitos, conforme la agujita iba bajando y las gasolineras seguían sin aparecer. Decidimos desviarnos en la próxima oportunidad, al pueblo que fuera, lo que estuviera más cerca, a que nos vendieran gasolina aunque fuera por galón.
En el próximo entronque se leía: a la izquierda, Apatzingán y Nueva Italia; a la derecha, La Huacana. Sin dudarlo dije: la Huacana ¿Por qué? Pus...no sé, suena más cerca y hospitalario que Apatzingán... ¿o no?
Un anuncio en carretera nos avisó: "AQUÍ TERMINA SU SEGURO" y por alguna razón ese letrero me pareció un augurio maligno, una señal de desamparo.
La carretera nos tragaba como un monstruo enorme, oscuro, silencioso, la aguja apuntaba a la rayita roja. "Estamos entrando en el nido de los narcos" pensamos, y no es que hubiera un aviso que dijera "PRECAUCIÓN: TIERRA DE NARCOS, ENTRE BAJO SU PROPIO RIESGO." Es que ya con las noticias y los narcocorridos, no hace falta el aviso.
Las posibilidades de quedarnos sin gasolina eran: uno camina en la obscuridad, en medio de una carretera inhóspita esperando encontrar una vivienda (donde no vivan narcos) en donde, tal vez, reciba ayuda mientras otros dos esperan, en medio de una carretera inhóspita, sin saber si llegará primero el enviado o...cualquiera que pueda pasar. O bien, los tres parten, solos, por una carretera inhóspita, dejando al carrito bien cerrado, pero solo, esperando volverse a ver algún día. Esto es, no había posibilidades. El carro no podía quedarse sin gasolina.
Llegamos a un ranchito fantasma: El Chaus. Por un momento pensamos en parar pero no le vimos el caso, el lugar era muy pequeño y no se veía gente, ni luz, ni gasolina por ningún lado. Luego pasamos por un lugar cuyo nombre no recuerdo: El Gallinero, o el Gallinazo, o algo así, igual de desierto que el primero. No era tan tarde, eran pasaditas las diez.
Al poco tiempo llegamos a Zicuirán, que me sonó más conocido e inmediatamente predije: "aquí habrá gasolinera". Y como palabras mágicas, apareció la gasolinera...fantasma. Cerrada y oscura, como todo en esos rumbos.
Nos detuvimos a pensar. Sabíamos que nos quedaba poco tiempo, sabíamos que en algunos sitios la gente vende gasolina, lo que no sabíamos era cuánto faltaba para la Huacana y si la encontraríamos igual de oscura y vacía que los lugares ya vistos. Decidimos vencer el miedo y procurar hablar a la gente...buscar gente, primero, luego, hablar con ella. No sé si nosotros les teníamos más desconfianza a ellos o ellos a nosotros. La gente por esos rumbos es reservada, poco conversadora, dan la impresión de que no se conocen ni entre vecinos, porque no dan razón ni se hablan...y cómo no, si atendemos a lo que dicen los corridos o las noticias...
Hablamos con uno, con otros y con otro más...nadie nos quería vender de su gasolina, nadie nos sabía decir nada de nada. Nos aseguraban que en La Huacana sí había gasolinera, pero no que fuera a estar abierta, porque "creían" que también la cerraban temprano, además faltaban como 25 kilómetros más (no llegábamos) y que sí había una gasolinera abierta, pero allá por Cuatro Caminos, rumbo a Apatzingán, al ladito de la autopista (chale).
¿Y ahora?
Finalmente una familia se compadeció un poquito y un hombre salió a la puerta de su casa para decirnos que allá por la gasolinera que habíamos pasado había una señora que "antes" vendía gasolina, pero "quién quita" y que si no, nos regresáramos al Chaus, que preguntáramos por don Ibis o si no por Don Pancho, que ellos a veces vendían gasolina (la palabra clave aquí es: "a veces").
De regreso a la gasolinera, con el carro avanzando de pura buena onda -porque combustible no tenía-, llegamos al lugar que nos habían indicado. Un perro escandaloso salió a recibirnos y al bajar del auto otros tres perros escandalosos lo secundaron. Lentamente, se fueron asomando una niña, una señora, un señor. Se les expuso la situación y comprendieron. Desgraciadamente habían cambiado el negocio de la gasolina por el del aceite, pero eran buenas gentes, y extrajeron unos litros de su propio auto, para no dejarnos en el desamparo.
Al encender el auto, nos sorprendimos de que marcara un cuarto completito "Nooo, vale, con eso llegas hasta Uruapan" aseguró el señor.
Felices y aliviados partimos, y a los dos o tres minutos la aguja bajó miserablemente a menos de medio cuarto. De todas formas ya sabíamos que con eso llegábamos a la autopista, una vez ahí...ya veríamos, pero al menos no estaríamos entre pueblos fantasmas y nidos de narcos.
Efectivamente, la gasolinera estaba pa'l otro lado, yendo para Apatzingán. Chalessss
Y luego de un par de horas llegamos, sanos y salvos, un poquito histéricos (dolor de cabeza, dolor de espalda, dolor de estómago...), a las 2 ó 3 de la mañana, a Morelia, sin más contratiempos relevantes.
0 objeciones:
Publicar un comentario en la entrada